Tardes de facultad


Voy montado en la línea C4 del autobús. Son las nueve de la noche de este jueves lluvioso sevillano y llego tarde, como siempre. Supuestamente, debería estar  ya en el piso de una compañera de mi clase, pues allí celebramos el cumpleaños de Antonio y Francisco, dos de los mayores personajes del grupo B de quinto de Periodismo. Son grandes tíos, los cabrones. Pues eso, que llego tarde. Y todavía me queda. El autobús se detiene en la parada de la estación Plaza de Armas y allí me bajo. Desde ese lugar tengo que ir andando hasta Triana. Toda una locura en esta noche lluviosa, teniendo en cuenta que no tengo paraguas. «Eres estúpido, Fernando», pienso. Pero a lo hecho, pecho. Me mojo y ya está.

El piso es agradable y está sorprendentemente  habilitado para acoger a un número considerable de personas. Somos unas veinte, casi todas de la clase. Debido al lamentable estado en el que me ha dejado la lluvia, tengo que pedir ropa prestada, lo que da lugar a una situación cómica: mantengo mi camisa de listas y sustituyo el resto de mi ropa por unas calzonas que me quedan grandes y unas chanclas cuatro números por debajo de mi 49. La noche transcurre con relativa normalidad (copas y risas mediante) hasta que, estando en una cocina nutrida de visitantes, escucho la palabra ‘trío’. Presto atención.

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La esperanza de Harlem


Las luces artificiales eran el reflejo de que ya se hacía de noche en el corazón de las profundas calles de Harlem. Una localidad situada al norte de Manhattan, donde escuchar el desgarrador estruendo de una pistola era tan frecuente como leer el lema ‘Cada uno se rige por sus propias normas’, frase grabada a fuego en muchas fachadas entre la calle 96 y 155 de Manhattan, donde frecuentemente se sitúan los límites de Harlem.

El frío costumbrista de octubre debería haber obligado a los humildes ciudadanos a resguardarse en sus casas, pero no era así en la calle 155. Cientos de personas se agolpaban en las duras y descuidadas gradas de madera de la cancha de Rucker Park. El baloncesto llevaba varios años siendo muy popular entre la sociedad estadounidense, recuperando la hegemonía perdida en los años 70. El éxito de la selección bautizada como Dream Team en los Juegos Olímpicos de Barcelona suponía un claro ejemplo más. Pero, esa tarde – noche, ninguna estrella de la NBA jugaría en aquella cancha callejera. Todas esas personas iban a ver a un muchacho de 18 años llamado Reggis Johnson.
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Todo en orden


Eran las 17:25 y aún no había hecho nada. A las 18:00 horas tenía que estar en la reunión, así que debía darme prisa. No entiendo por qué la gente va siempre acelerada, si nunca sabe a dónde ir y termina llegando tarde. ¿Se imaginan que se parasen todos los relojes del mundo? No seriamos capaces de distinguir el día de la noche.

Agudicé todo mi ingenio para ponerme aquellos simpáticos calcetines de colorines. O coloretes, como decía mi padre desde que me los compré ayer. Lástima que muriese esta mañana, pues le tocaba pagar la quiniela esta semana. Tras los calcetines, vino el turno del pantalón chino que compré a un japonés, pero en la etiqueta ponía “made in Taiwan”. Cosas de la vida. La camisa que me quería poner (azul cielo, con cuatro bolsillos, mi preferida) estaba planchada, así que tuve que coger una arrugada que tenía a los pies de mi cama. Negra y con alguna que otra bolita, lo mejor de ella era que proporcionaba menos calor que las de color claro, como todo el mundo sabe. Hacía demasiado bochorno. Llevábamos ya tres insoportables años de extremas temperaturas, o eso dijo Belén Esteban el otro día, la presentadora de los informativos de Telecinco. Y en la televisión siempre aparecen los profesionales más cualificados del mundo, se sabe. Prácticamente estaba vestido (a excepción de los zapatos) cuando divisé, a lo lejos, una conocida fotografía que estaba tirada en el suelo. Di dos zancadas de un centímetro y me agaché para recogerla. Sonreí.
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#GratisNoTrabajo


Dice Manuel Jabois en un texto del magnífico ejemplar impreso de Jot Down que si el periodismo ya no es imprescindible, debería darse el lujo de fingirlo. Resulta bien difícil pensar que este llegue a suceder, pues hay un hecho que debe ser denunciable sin ningún tipo de vacilación: se están riendo del periodismo. Las propias empresas informativas. Ciertamente, afirmar que lo hacen todas sería cuestionable, pues correría el peligro de pecar de falta de diligencia, ya que no tengo pruebas de ello. Lo que sí sé es que las ofertas de trabajo de muchas empresas rayan las desfachatez más ridícula y el insulto más grave que se puede realizar a esta bella profesión.

La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) se hizo eco en un comunicado de la campaña #gratisnotrabajo, realizada por la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) a finales del pasado mes de enero. En dicho texto, la FAPE apoyaba el movimiento y resumía el descalabro de las ofertas que han sido objeto de denuncia.
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